lunes, 13 de abril de 2015

Y te apagaste

Me obsequiaron el libro "El animalero" de Humberto Ak´abal, poeta Guatemalteco. Una de estas noches de abril descubrí estos versos: 

Y te apagaste

Como llamita de candil
después de una noche de vela,
tus ojos fueron perdiendo luz.

Ya no había nada que ver.

Las campanas
dejaron volar
sus aves de duelo.

Y te apagaste. 


Fotografía: Frank Hooker 

viernes, 20 de marzo de 2015

♪ ♩ Irse es volver a volver ♪ ♩


 “Le doy la bienvenida a Bob al tenebroso (…) mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia”.
Juan Carlos Onetti

El fantasma de la muerte me da tanto pero tanto pánico. Conocí de él cuando tenía 6 años, cuando un día de enero de 1997 falleció mi papa chepe, mi abuelito materno.

Él vivía cerca de mi casa y frecuentemente llegaba a pasar el día. Me acuerdo que era bien afectivo y jueguetón conmigo y mi hermano. También le gustaba la tranquilidad. Solía irse a un espacio del patio de la casa a leer el diario con alguna taza de café o un refresco que mi mama preparara.

Mi papa chepe era un maestro de obra muy buscado, claro que con el pasar de los años en su cuerpo, fue desplazando lo laboral. Recuerdo que a veces que salía con mi mamá y pasábamos en el bus por ciertos lugares ella me decía “mirá, esa casa la construyó mi papa”. De hecho, parte de mi casa todavía pudo contribuir en el diseño y construcción.

Un día que desperté y pregunté dónde andaba mi mama, mi tía me dijo que andaba con mi papa chepe en el hospital y que estaba esperando que volvieran para saber cómo se encontraba él porque se había puesto “malito”. Durante el día fueron llegando a la casa otros familiares.

Yo empecé a ver eso todo extraño. “Falleció mi papa” alcancé escuchar de pronto entre mis tías, tíos, primas y primos más grandes que yo, acompañado de abrazos y llanto incontrolable. Yo observaba con detenimiento todo lo que pasaba, pero no comprendía bien lo sucedía. Me puso nervioso cada escena que presenciaba.

Se me parecía inexplicable como una persona con la que tenía vinculación afectiva y con la que días antes había estado jugando, de un momento a otro “falleció”.

Por decisión familiar fue velado en mi casa. Dentro del ataúd solo lo vi una vez. Le pedí a mi papa que me chineara para alcanzar a ver porque no tenía mucho tamaño para hacerlo por mi propia cuenta. Fue un impacto grande verlo dentro de ese ataúd, inmóvil. Voltee la cara al instante.

No me gustó verlo así y reclamé con mucho enojo a “Dios”, en mi mente, que porqué me había dejado sin mi papa chepe. Pasé haciendo eso casi todo el tiempo que duró la vela, y luego del entierro. Yo no quería ver a mi mama sufriendo ni a nadie de mi familia. Tampoco podía imaginarme no compartir ni un día más tiempo con mi abuelito.

En estos días de marzo, 18 años después de ese trago amargo en la infancia, el fantasma de la muerte volvió a pasar por mi familia. Esta vez se llevó a mi mama conchita, mi abuela materna. Todo fue muy distinto. Ya no era el niño aquel de 6 años que no comprendía las cosas que suceden en el mundo de los adultos y las adultas.

Estaba consciente del estado grave de su salud. Que su enfermedad había sido diagnosticada en fase avanzada en la que no había mucho por hacer para prolongar su vida, según dijera el personal médico que atendió su caso y pues, no hicieron casi nada.

También tenía claridad de que ella por haber sucumbido en una cultura de cuidados hacia otros y otras durante toda su vida, la atención de su salud ocupó un plano de menor relevancia, es decir, “de sí para el resto”, sumado a los tabúes y desinformación que giran en torno a la salud sexual y reproductiva, todo eso la colocó en una situación de alto riesgo.

Sí. Todo fue distinto esta vez. Veía el sufrimiento en la familia, más de cerca el de mi mama que el año de ajetreo hospitalario y de atenciones especiales a mi abuelita, ella no la abandonó y alteró su rutina para estar al pendiente el máximo de tiempo que pudiera, significando esto también un impacto en su salud.

Me tocó ser parte de pláticas duras: cementerio, bóveda, ataúd. Que conversaciones más escalofriantes. Debíamos estar "preparadas y preparados" con todo lo que implicaba una muerte que podía ocurrir en cualquier instante. 

La enfermedad fue progresando sin piedad y el estado de salud mi mama cochita fue en empeorando. Entre tantas limitantes económicas en la familia se hizo lo más humanamente posible para contrarrestar el dolor hasta el último momento que viviera. Acompañándola, platicando con ella, consintiéndola y siguiendo las recomendaciones médicas (privadas ante lo poco que se logró con el sector público) al pie de la letra.

Era lo más justo, luego de años de entrega y sacrificios que asumió como parte de la naturalización del modelo de la madre-abuela-bisabuela abnegada que se inculca en sociedades machistas y patriarcales.

Ella educó a tres generaciones (hijas/os, nietas/os, bisnietas/os) y asumió muy regia el liderazgo en la familia todo el tiempo, con mi abuelo y en ausencia de él. Fue clave para reunir a la familia en diversas fechas conmemorativas: su cumpleaños, día de la madre, navidad, fin de año. Disfrutó mucho de esos emotivos momentos, con hijas, hijos, nietos, nietas, bisnietos, bisnietas, amigas y amigos cercanos y cercanas a ella. Le encantaba tener a la familia visitándola.

Pude verla partir, así como ella me vio venir al mundo cuando atendió el parto de mi mama del cual nací yo, en el que trabajó mucho porque fue de alto riesgo, y sin ser médica, con sus saberes de partera, pudo controlar la situación.

La muerte es algo que a todas y todos nos llegará, lo sé, pero verla y sentirla de cerca, pensar en ella, da tanto pánico, sobre todo porque el duelo no es solo por la muerte de quien se va, si no también por el dolor de las y los que quedan. Me ha tocado montón gestionar esta pérdida con serenidad (al menos en cuanto a lo expresivo). Si algo he aprendido estos días es que este papel es necesario en medio del desconsuelo en la familia, sin embargo, el cuerpo me indica que hay que buscar apoyo para gestionar de la mejor todas las emociones que se me rebaten. 

La historia de mi mama conchita me conmueve y me mueve. Me inspira en mi activismo feminista, porque desde luego la cosmovisión machista en la que fue criada la privó del autocuido. Y nos dijo adiós. Murió muy serena y rodea da la familia en su casa, a cómo ella lo pidió. Seguirá en nuestros más preciados recuerdos. 

Gracias infinitas a las personas que de una u otra manera estuvieron preguntando cómo iba todo, a quienes se enteraron y llegaron a dar abrazos confortantes a la familia, y quienes enviaron virtualmente y mediante llamadas o mensajes su pésame. 

*Fotos tomadas en su último cumple, 8 Diciembre 2014








viernes, 13 de febrero de 2015

Secretos de amor


¿Cómo aprendemos a amar? ¿Por qué decimos que el amor se hace? ¿Por qué se dice que hombres y mujeres amamos diferente? Estas son preguntas que nos invitan a analizar cómo el uso y abuso del poder están muy presente en el establecimiento de vínculos afectivos.

Son preguntas que sacuden fuerte, que nos trasladan a nuestra niñez y adolescencia para comprender de dónde han venido todas esas concepciones de un amor idealizado que nos inculcan.

Yo recuerdo que algunas de las insistentes preguntas que me hacían familiares adultxs cuando ya iba a la escuela eran ¿Ya tenés novia? ¿Te gusta alguna niña? ¿Cómo es? Incluso empezando la secundaria, una vez que llegó a mi casa una compañera de clases a hacer una tarea conmigo, un tío que andaba de visita, cada vez que pasaba cerca, me insinuaba con miradas y gestos evidentes que metiera la mano debajo de la mesa para tocarla ¡Que nefasto! Obvio que no lo hice.

Platicando Sin-Vergüenzas sobre la campaña ¿Y vos, cómo hacés el amor? con mi equipo de comunicación, se me movieron muchos recuerdos sobre cómo he aprendido a amar, cómo ha pasado por mi cuerpo ese sentimiento que nos hace ver la vida de colores cuando lo vivimos con intensidad, pero que también nos genera frustraciones cuando encontramos limitantes para que fluya plenamente, tristeza cuando se acaba y nos cuesta asimilar esa realidad o dolor cuando esa experiencia fue atravesada por vicios del tóxico amor romántico.

Todas y todos tenemos mucho que compartir sobre el amor. En mi caso, desde chamaco supe que los cuerpos masculinos eran los que más atracción y deseo me provocaban, sin embargo debía ocultarlo.

No podía expresar con libertad esa orientación sexual, por todos los mandatos masculinos heterosexualcentristas que en la escuela, la iglesia y la familia me metían en la cabeza sobre cómo debía ser un hombre “correcto”. Y yo me lo creía tanto, que en oraciones que hacía cada noche y cada mañana o cuando la culpa me atacaba, pedía a “Dios” que me gustaran las niñas como a los niños “normales”.

De esta manera aprendí a amar en secreto. Y en ese amar encubierto tendía a confundir los apegos y enamoramientos con el amor. Todo me parecía igual. Eso sí, creo que “el amor a primera vista” no lo experimenté. Mi situación era que mis amistades con chicos a veces se tornaban tan pegajosas que terminaba subiéndoseme la bilirrubina, como dice Juan Luis Guerra.

Por esa condición, la mayoría de mis amores de niño, adolescente y todavía empezando los veinte, fueron platónicos. Los tenía ahí tan cerca, pero debía callar ¡Qué locuras las que uno vive con esos amores “inalcanzables”! Sobre todo la música alucinante que a uno le agarra por escuchar.

Lo chistoso en esos amores platónicos era que todxs se daban cuenta menos esa persona. Aunque yo no lo dijera y me lo guardara solo para mí, otrxs sospechaban porque había hechos que me delataban.


Me gustaban las conversaciones con ellos, estar con ellos, la inteligencia, la manera de sonreír o el sentido del humor. Siempre había algo que me dejaba confuso entre lo que era amistad, deseo o amor. Claro que cuando estaba niño esas reflexiones no las tenía tan claras como hoy. En aquellos tiempos todas esas vivencias en mi cuerpo las asociaba con amor.

De pequeño, sin embargo, siempre sentí culpas por experimentar esas emociones de las que con nadie podía hablar. Eso por mucho tiempo me llevó a limitarme en el compartir muy cercano con hombres, esquivando saludos afectivos y reduciéndolos a un simple movimiento de cabeza –el típico oe- o bien un apretón de manos.

Claro que tenía mis filtros. Siempre los tuve y los tengo. No todo hombre que consideraba amigo o que tenía cierta aproximación me generaba confusiones entre el trinomio amistad-deseo-amor.

Confieso que en la actualidad, ya asumido políticamente como un hombre gay, todavía se me complica esto de las amistades con hombres. Me toca combatir con la creencia machista qué las personas LGBT somos “acosadoras”.

Me ha tocado, incluso con amigos cercanos, poner límites en mi demostración de afecto, y con otros, sobre todo de mi misma orientación sexual o que verdaderamente se cuestionan la masculinidad hegemónica, no pasa nada con eso de inventar barreras. Abrazos o besos en la mejía, son algo tan natural en nuestro trato cada vez que nos saludamos.

“Me seduce un cuerpo cuando hay una mente lo que mueva”, como plantea un célebre diálogo de la película Martin Hache. No todos los hombres me gustan erótica y afectivamente. Por lo general el pensamiento heterosexual y homofóbico refuerza que todo gay quiere sexo con todo hombre-pene, porque desde luego, no se cuestionan la desgenitalización del placer.

Lidiar con esto es complicado a veces, aunque por lo general no le pongo mente. Tampoco me muero por una amistad con un hombre. Mi círculo de amistad está mayormente compuesto por mujeres. Particularmente encuentro mucho en común en las experiencias que vivimos y compartimos.

Poco a poco, me he ido liberando de esa manera secreta de amar. He aprendido a entregarme pero también poner límites. A diferenciar entre enamoramiento, el amor erótico-afectivo y las relaciones homoafectivas y heteroafectivas. Voy a tratar de explicarme como concibo cada una de estas experiencias.



El enamoramiento lo comprendo como una fuerte atracción que puede acabar con una cita –sexual o no- o bien puede que ocurran encuentros ocasionales –sexuales o no- o simplemente sueños húmedos porque el deseo puede ser fuertísimo, pero quizás no sea recíproco. Por lo general, algo conspira en el universo, que me coloco más acá.

El amor erótico-afectivo, ese que mueve el piso –más de lo normal-, pero que el sentimiento se va reafirmando y acrecentando en el compartir con esa persona. Puede ser posible o platónico en caso de no ser correspondido. Sean cortos o duraderos, dejan huellas en nuestro historial amatorio con todo y sus altibajos.

La homoafectividad y la heteroafectividad, esas amistades con hombres y mujeres que provocan otros placeres. A quienes quiero muchísimo como amigxs, que disfruto al extremo cada encontrada con ellxs, con los que puedo ser cursi en la virtualidad y realidad, conversar de ciertos temas sin restricciones, muy leal, que a veces lxs celo pero me esfuerzo por controlarme, que me ponen histérico por ciertas cosas pero ya luego se me pasa. Ellxs están bien colocadxs en el plano amistad –aunque nunca se sabe, dicen por ahí xD-.

Del tóxico amor romántico aun no puedo decir que estoy totalmente libre. Las personas LGBT no estamos exentas de reproducir esas dañinas recetas del amor idealizado. Igualmente hemos crecido expuestos a la industria televisiva heteropatriarcal y a los discursos religiosos que orientan cómo debe vivirse el “verdadero amor”. Los mandatos también han trastocado nuestros cuerpos.

Reconozco que todavía hay muchísimo en mí que revisar en este asunto de hacer el amor y maravillosamente el feminismo me está dando muchas pistas para seguir sacudiendo mis ideas y prácticas.