martes, 16 de octubre de 2012

"Emprendiendo un camino ciego y silencioso"



Cierras los ojos y encuentras al niño que te abre de súbito al tiempo
Erick Blandón, Las Maltratadas Palabras.

De pronto me hallé en un lugar extraño. Aun se reflejaba la luz de una típica tarde, con un ambiente fresco. Mis ojos apreciaban una belleza inigualable. Era como estar en la profundidad del mar, pero no había mar, ni peces, aunque sí vi una que otra especie de plantas. Caminaba lentamente en un recorrido pedregoso, seguramente con un pasado que contar. Apreciaba cada detalle. Respiraba y exhalaba lentamente. Habían paredes en mis extremos, con superficies rocosas, por lo que de inmediato lo relacione con un cañón, similar al Cañón de Somoto -aunque solo por fotos y videos lo conozco- sí, era muy parecido, pero no había fuentes acuíferas. Todo estaba seco. Era completamente extraño como llegué a dar con ese sitio, quizás el letrero de RESTRINGIDO indicaba algo -podría ser-. Caminé un largo trecho en busca de una fuente de agua, porque todo indicaba que en un momento hubo. Todo seguía igual. De pronto me encontré con personas desconocidas, pero era como que la extrañeza del lugar al parecer los hipnotizaba, iban como que no veían a nadie, sin embargo yo -tal vez por mi naturaliza curiosa- podía verles. Era como que emprendieran un camino ciego, hacía el mundo del no se qué, sin saber que esperar, pero que la misma duda excitaba más su marcha hacía una dimensión desconocida. Decidí no hablarles, no irrumpirles y continuar mi recorrido en silencio, sin distraerme. Quedaron tras de mí. Pasé por un lugar que lo asocié con cuevas. Eran profundos agujeros en las superficies de las paredes, cubiertos de oscuridad. Me asomé, temí y seguí. De un momento a otro percibí miradas hacía mí, como que me vigilaban personas -no tenía certeza- ocultas quizás en las oscuras cuevas. Mi tensión aumentó más y aligeré el paso. Luego, efectivamente, salieron de esos agujeros oscuros personas que empezaron una persecución frenética, como alertándome que me alejara de aquel lugar lo antes posible, como temerosos a que hiciera más daño del ocasionado en aquel desolado lugar -quizás víctima de la frivolidad humana-, pero que aún conservaba una belleza, manifestada en su extrañeza y su profunda tranquilidad, perfecto para lograr una magnífica conexión espiritual. Pasado un tiempo de una cansada persecución, aquellas personas -o guardianes- se perdían en la distancia, no logré ver ni sus rostros. Cogí un camino que me llevó a un punto que ya me era familiar, pero que por la desesperación que invadió mi carrera no logré capturar en mi memoria la forma de regresar a aquel silencioso lugar. De pronto desperté, vi al celular, era de madrugada. Me sentí anonadado luego de aquella despabilada aventura en el mundo onírico. Volví a dormir. Al levantarme -por el llamado a mi puerta de mi sobrinita- me pregunté ¿qué habrá pasado con las personas que quedaron tras de mí, y sí no lograrían escapar como yo? Sonreí y me dije qué locura. Me apresuré, debía integrarme a mi cotidianidad.

Frank Hooker
Filólogo y comunicador

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